viernes, 6 de febrero de 2009

Ella

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Los rayos de sol se filtraban por las rendijas de la persiana, y las motas de polvo flotaban en la habitación con ese efecto mágico en el que me gustaba creer cuando era chico.
-¿Por qué no me lo dijiste antes? -le pregunté sin más. Tomé de la mesa de luz su paquete de cigarrillos y encendí uno, con el remordimiento venidero de quien retoma un viejo vicio, una mala compañía olvidada a la fuerza en una esquina cualquiera.
-Tenía miedo -respondió sin mirarme, con la vista fija en el techo.
-¿Miedo de qué?
-De que me dejes.
Di una pitada al cigarrillo. Apoyé la mano sobre mi abdomen y observé: el humo pasaba de un color gris difuso a un azulado tenue cuando cruzaba los rayos de luz, mientras subía hacia el cielo como cintas. El silencio en el cuarto se volvía denso y pegajoso como un copo de azúcar. Allá afuera, la vida alegre de domingo por la mañana había empezado. La gente estaría en las panaderías, en los almacenes planeando el almuerzo en familia, yendo a comprar el diario con el perro, subiendo a sus autos para ir a pasear ¡con el día tan lindo que hace! Mientras nosotros, dos cuerpos desnudos y tibios sobre una misma cama que se enfría.
-¿Entendés que no es justo, no?
-La vida no es justa.
-No te extralimites ni me tomes como a un idiota -le dije en voz baja y fue como darle una bofetada a una momia.
-No fue mi intención.
-Pero me mentiste, te burlaste de mi confianza y me mentiste como a un chico.
-Entendeme mi amor, no sabía cómo lo ibas a tomar…
En vez de pedírmelo, estiró su brazo por sobre mi pecho y alcanzó el paquete de cigarrillos. Cuando hacía el movimiento inverso, con el codo rozó mi tetilla y me generó una sensación extraña, particularmente indebida, ahora.
-Yo quería contártelo pero no me animaba.
-¿Y por qué lo hiciste? ¿Por qué justo ahora? -mis palabras se aceleraban, despertaban del letargo viscoso del asombro. Ella parecía meditar las respuestas, moldearlas con la lengua y eso generaba en mi desconfianza pura.
-¿Por qué después de nuestra primera cama? -insistí.
-Ahora ya no tiene importancia -dijo y suspiró.
Moví de lado la cabeza sobre la almohada y vi su mejilla, lisa como la seda y noté como la mandíbula se le marcaba en ele debajo de la oreja; la nariz en punta parecía querer oler el techo.
-¿Querés que me vaya?
-No.
No supe qué hacer. Me cubrí con la sábana no sin algo de pudor y apagué la colilla en el cenicero que había puesto sobre mi pecho. Levanté nuevamente la sábana y eché una ojeada rápida, todo parecía estar en su lugar y sin problemas. Volví a cubrirme. Ella seguía completamente desnuda e inmóvil. Única y perfecta en su no hacer. Por momentos el silencio lo envolvía todo. Podía oír las hebras de tabaco crepitar cuando ella pitaba su cigarrillo.
-Me duele -dijo.
-¿Mucho?
-Un poco, mejor voy al baño.
La vi levantarse e ir al baño con sus piernas larguísimas; el pelo negro caído sobre los hombros y el humo de su cigarrillo que iba quedando detrás, una estela de misterio condenada a la evaporación. La cama se volvió enorme entonces .Una pequeña mancha de sangre del tamaño de una moneda, lacrada sobre la sábana blanca; un rastro que sólo era para mí. Tosí con fuerza convulsiva. El tabaco renegaba en mi organismo sano como hacía casi dos años. Encendí otro como un acto de rebeldía adolescente anacrónica, de autoflagelación deliberada. Pité una vez y miré la punta del cigarrillo, examiné la brasa naciente como solía hacerlo cuando era fumador, como si quisiese volver al pasado y escurrir el presente por la rejilla.
Ella volvió del baño. Se recostó en su lado de la cama y recobró la misma postura de antes: boca arriba, las manos sobre el abdomen con los dedos entrelazados.
-¿Entonces? -pregunté.
-¿Entonces qué?
-¿Entonces por qué no me lo dijiste?
-Te lo dije. Ahora ya te lo dije y no hay nada que podamos hacer, ni vos ni yo para que las cosas cambien.
-¡Porque ya cambiaron! -asentí con más bronca que ironía y me arrepentí al instante. Fui la rata que estranguló la trampera, demasiado lenta para escapar, demasiado enceguecida para alejar su hocico del peligro.
Ella se calló y yo me sentí un idiota, un perverso. Quise convertirme en ropa de invierno durante los meses de verano, depositada y olvidada en lo alto de un armario por un buen tiempo. Me quedé inmóvil, controlé cada músculo del cuerpo hasta llevarlo a la inactividad absoluta, salvo el corazón, que latía acompasado mientras la estupidez que había dicho quemaba sobre él y sobre el suyo, como aceite hirviendo debajo de nuestras pieles.
-Disculpame, de verdad no quise -intenté enfriar la situación y fue como querer solucionar el hambre de África con un grano de arroz.
-Yo tampoco quería. Ahora se que sos vos, todos mis miedos.
Se levantó de la cama y empezó a vestirse. Yo seguía recostado con la mirada petrificada sobre el ventilador de techo, como si estuviese haciendo fuerza para encenderlo con la mente. Pité el cigarrillo, que ya se iba acabando, y la ceniza cayó sobre mi pecho aún encendida ¡y la reputa madre que me parió! Ella pareció no notarlo, ni notarme en la habitación estéril. Con la ropa interior ya puesta, se calzó el jean parada de espaldas a mi y noté cómo sus glúteos se adaptaban a la tela y adquirían una redondez pretensiosa. Tuve el inicio de una erección que censuré al instante; un baldazo de agua mental, helada y represora directo a mi calentura.
-Dale no te vayas. Es que todo esto me tomó por sorpresa. No es que sea un demorado mental o un troglodita, pero no dejo de imaginarme… no puedo no imaginarte como antes.
No sabía ni lo que decía, las palabras llegaban puras a mi boca, las poseía el Demonio del Poco Tacto y salían escupidas como pedazos de vidrio estallado debajo de la lengua. Ella ya estaba vestida, en cuclillas y buscaba algo. Yo no podía moverme. Mi cuerpo era una vía de tren abandonada, en un pueblo olvidado hasta por Dios. Ella se incorporó y me miró, no se si encontró lo que buscaba. Sus ojos se enrojecieron. Unos milimétricos dedos filamentosos y sanguinolentos los sostenían en sus órbitas. Su mirada penetró en mi vida de pueblo fantasma como una flecha que atraviesa el corazón de un recién nacido. Sentí el pánico del amor cuando se va. Todos los miedos se agitaron dentro de mi. El gusto agrio de la cobardía, el implacable deseo de lastimar del lastimado, el miedo sobre el miedo y los pronósticos opresivos.
-Antes, cuando eras… diferente: ¿estuviste con algún.. con otro hombre? -le pregunté a sus ojos, y contestó toda ella.
-Si, me acosté muchas veces con uno. Pero no te preocupes, se murió hace un mes.

2 comentarios:

Nanu dijo...

Que lindo volver a leerte nene!!!!!

tus ellas siempre dando vueltas por ahi, venidas vaya uno a saber de donde

saludosss

Leandro Rodríguez dijo...

Vos sos una de "ellas"
Gracias por el comment
Besos
Lea